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Desayuno mexicano en Playa del Carmen

Foto del escritor: Karen Luna
Karen Luna
15 sept
3 min de lectura

Actualizado: 2 oct

Imagina que despiertas una mañana en Playa del Carmen. El sol brilla porque, claro, estamos en Playa del Carmen, la playa está hermosa y tienes hambre. No cualquier hambre: hambre de desayuno mexicano.


Piensas en chilaquiles. Un clásico. Totopos triangulares bañados en salsa, de la que pica o de la que no pica, dependiendo de cuánto quieras arriesgar tu mañana. Dos huevitos encima, crema, queso y cebollita. La clase de desayuno que promete energía suficiente para empezar el día.


Eye-level view of a colorful taco stand with various toppings
Yo Amo México

A unas cuantas calles de Playa 72 encontramos un lugar que, por alguna razón, habíamos pasado por alto. Y digo “por alguna razón” porque una vez que lo encuentras resulta difícil entender cómo pudo habérsenos escapado.


En la entrada hay un corazón enorme que dice lo que probablemente todos los extranjeros que llegan a México terminamos diciendo tarde o temprano: Yo amo México. Y después de declararlo, el restaurante hace algo todavía mejor: te mete dentro de una casa.


Para llegar a la mesa hay que atravesar un pasillo largo, decorado con motivos mexicanos, pequeñas mesas escondidas aquí y allá y suficientes detalles como para obligarte a caminar más despacio de lo normal. Al final, el pasillo desemboca en un patio que parece haberse tomado muy en serio la tarea de recordarte que estás en el Caribe.


Hay madera, plantas, muebles rústicos y pequeños rincones que parecen tener una historia propia. No sabes muy bien cuál es esa historia, pero tampoco importa demasiado. El lugar tiene esa cualidad peligrosa de los restaurantes bonitos: una vez que comes ahí, no puedes dejar de ir.



Nos sentamos.

La casa, como si supiera que todavía no estamos listos para desayunar, nos recibe con un pequeño pastel de chocolate coronado con crema. Lo acompañamos con café mientras intentamos decidir qué pedir, que es una de las tareas más difíciles de cualquier restaurante mexicano: elegir un solo platillo cuando, en realidad, quieres probarlo todo. Así que decidimos probar los Chilaquiles y el desayuno Yo Amo México.


Los dos platillos llegan en porciones generosas y con esa combinación de sabores que inmediatamente se siente familiar: jitomate, cebolla, chile, tortillas de maíz y, sobre la mesa, para los valientes, una porción de salsa de habanero, de esas que te recuerdan que la península de Yucatán no juega cuando se trata de picante.


Los huevos Yo Amo México llegan sobre una tortilla de maíz de orilla crujiente pero centro suave. Encima del huevo hay una cobertura de queso y, sobre todo aquello, una salsa roja que no pica demasiado y que permite disfrutar los sabores sin que el chile se robe el protagonismo.




Los chilaquiles, por su parte, son abundantes, y aquí hicimos algo que recomiendo si, como nosotros, no saben elegir entre salsa roja y verde: los pedimos divorciados.

Así pudimos probar ambas.


Y aquí viene nuestro veredicto: la salsa verde se lleva el premio. Tiene buena consistencia, un sabor más marcado y ese equilibrio que hace que quieras seguir comiendo incluso cuando sabes perfectamente que ya estás lleno. La roja también tiene buen sabor, aunque resulta un poco más diluida y, en comparación, deja menos huella.


Los totopos llegan crujientes y van absorbiendo la salsa poco a poco, así que cada bocado cambia ligeramente a medida que avanza el plato: al principio tienes ese crujido de la tortilla recién bañada, después aparece la salsa y, unos minutos más tarde, algunos totopos ya se han rendido por completo ante ella.


Y creo que ahí está parte de la gracia de unos buenos chilaquiles: no deberían ser exactamente iguales de principio a fin.


Terminamos de desayunar y todavía nos quedaba un poco de café para la sobremesa. Nos quedamos ahí un rato más, deteniéndonos a observar cada rincón: las macetas hechas con materiales reciclados, la pequeña casa del alux, protector de la tradición maya, las ramas entretejidas del árbol bajo el que nos sentamos… nos quedamos otro ratito para seguir soñando juntos sobre los lugares que nos quedan por visitar y los sabores que vienen por descubrir.


 
 
 

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